Algunas personas tienen la tendencia a comer de manera emocional. Esto es, comer como una forma de calmar, manejar o tapar una emoción determinada. No es un proceso consciente, al menos en la mayoría de los casos, se trata de que la persona ha aprendido a reaccionar a emociones determinadas de esta manera.
Un ejemplo muy común sería estar aburrido en casa, sin saber que hacer, entonces levantarse a la nevera y picar algo. Luego abrir la alacena y volver a picar algo. Y así hasta menoscabar las existencia de azúcar y grasas saturadas de la cocina. En este ejemplo el aburrimiento desata la conducta de comer. Otro ejemplo sería llegar tarde y cansado del trabajo y realizar una copiosa comida o cena, normalmente con alimentos poco saludables, continuar comiendo a pesar de haber ingerido los alimentos necesarios para calmar el hambre y tener dificultades para parar de comer.
Sabemos que este hambre emocional es diferente del hambre física, puesto que en el primer tipo optamos por alimentos poco saludables de manera “instintiva” y comemos en exceso. A veces somos incapaces de parar aunque nos sintamos llenos, después pueden aparecer sentimientos de culpa o vergüenza, entre otros.
Aprender a gestionar las emociones de manera adecuada es una habilidad que puede aprenderse y / o fomentarse. Gestionar la emociones, aprender a escucharlas y responder a ellas con otros patrones diferentes a la ingesta de comida será un aspecto clave en la disminución del hambre emocional.
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